martes, 23 de junio de 2015

Ser víctima del bullying cuando se es adulto.


Ser víctima del bullying  cuando se es adulto.
Llevaba muchos días con esta entrada en la cabeza y la verdad pensé no escribirla, ya que el blog es para escribir sobre las cosas que me gustan y me hacen sentir bien, pero no todo en la vida es color de rosa y por más que me empeñe en construirla día a día de la mejor manera, aparecen situaciones que a veces nos sorprenden por lo absurdas que son.

Hubo dos semanas al principio del curso en las que me planteaba pedir cambio de grupo, pero luego me pregunte: 

Porque soy yo la que tiene que salir huyendo?

Acaso soy yo la que esta haciendo algo malo que vaya en contra de los principios de los demás, acaso soy yo la que se burla y se ríe constantemente de las personas cuando se equivocan, cuando se les dificulta expresarse o pronunciar alguna palabra, acaso soy yo la que critica a las demás personas por su credo, vestuario o forma de ser, acaso soy yo la que cuestiona a profesores y métodos de clase.

Todo esto me llevo a controlar  la situación, reconozco que siendo adulta es mucho más fácil hacerle frente, pero hasta que no se controla se puede pasar bastante mal, me imagino por lo que pasan los adolescentes y los niños y la verdad es que llegas a sentirte de nuevo como un niño. Al principio no sabes como actuar y lo mejor es controlar los impulsos, que en última lo que estas personas buscan es eso sacarte de casillas, intimidarte, avergonzarte, burlarse. 

En mi caso la mejor forma que encontré fue a través de mi dedicación al estudio, mi integridad y sacar a flote mi personalidad, esto último es en definitiva lo mejor, mostrarse uno tal cual es, sentirse seguro de uno mismo y no dejarse apabullar por nadie.

Hay que ponerle un freno a esto y si uno se lo propone lo logra, pero hay personas que necesitan del apoyo de sus seres queridos, es fundamental que las personas se sientan protegidas y valoradas por su entorno.

Con el tiempo la situación se fue calmando y por más ruido que hiciera la matraca mis oídos fueron indiferentes ante la cobardía. 

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